Libros de poesía
Ensayo
La estación
Al sol, despunta el sol y reverbera
en un casi verano casi cierto.
Morder un hilo de agua. ¿Es tiempo ya?
La piel es nuestro único barómetro.
Hablar del tiempo, como dice Wilde, es hablar de otra cosa.
Es ventana a la incertidumbre.
El día en que mirar sea consultar rutinas de merlín
como quien mira un índice de precios,
vivir habrá perdido su constante en el abismo leve.
Nos evaporamos, en el beso, a las regiones del olvido
y, al reír juntos, somos intemperie:
cuando calla la risa hay un granizo que hiela los pronósticos,
y hay que volver a repensar el mundo.
Somos agricultura de los cielos, una ancha mies del aire,
polen vago que vino de tan lejos.
Toda lucha entre iguales, todo amor de contrarios,
toda íntima disputa está prevista
en la tensión dulce de los alimentos terrestres,
en el grano de trigo que amarillea y revienta en el aparador.
El perezoso giro de los astros hipnotiza las vidas,
el peaje de las estaciones, el voltaje de lo repetido.
La hora y su exterior se nos confunden.
Y si no hubiese luz como esta luz,
si no hubiese preguntas en los ojos,
si no hubiese un instante de desvelo justo antes de dormir,
todo serían actas.
Somos del alimento del temor.
También una ilusión de eternidad
que se entrevera con estar perdidos.
Amanece una luz
con dimensión precisa de universo.
No hace falta que diga el calendario la última palabra.
Siempre falta infinito para lo que no existe,
que es donde vivimos.
(De Para lo que no existe, 1999)

